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30-JuL-2010 10:35:34 Un jurado compuesto por los escritores Harold Kremer y José Zuleta Ortiz, reunidos en la ciudad de Cali, dieron el pasado 16 de julio de 2010 el veredicto del Concurso Nacional de Cuento “200 años, 200 palabras” y declararon como ganador el minicuento “Ella”, escrito por el estudiante de Comunicación Social de la Universidad de Pamplona, Andrés Ricardo Carvajal Castro.
Los jurados del Concurso, promovido por la Red Nacional de Talleres Literarios RENATA CÚCUTA y la Consejería Departamental de Literatura de Norte de Santander, con el apoyo del Área Cultural del Banco de la República, la Secretaría de Cultura de Norte de Santander y la Biblioteca Julio Pérez Ferrero, otorgaron el segundo puesto a el trabajo “El escritor de Laconia”, presentado por Alfonso Hugo Diez de Envigado, y el tercer lugar a “Fuegos Fatuos” del ibaguereño Hugo Fernando Bahamón.
“Decidí crear un personaje femenino universal, “ella” puede ser cualquier mujer, las aspiraciones, los deseos, sus frustraciones centradas en el dibujo de un cuadro y la destrucción del mismo en algo metafórico y surrealista, lo basé en un cuento que tenia de 219 palabras teniendo que reescribirlo para poder dejarlo de 200, que eran las necesarias para el concurso”, explicó el joven escritor que actualmente trabaja como periodista en la Cámara de Comercio de Cúcuta.
Carvajal Castro es modesto y sencillo, se declara escritor de vocación y comunicador social de vocación, dice que escribe desde los ocho años y que además del cuento ganador del concurso, tiene una serie de ensayos, reportajes y artículos inéditos.
“La universidad fue un punto determinante en mi vida, la cuestión del periodismo me ayudó a agregarle realidad a mis textos, me considero mejor escritor que periodista, pero todo el acercamiento que me brindó la Universidad de Pamplona desde el arte, la filosofía, las ciencias sociales como tal, fueron creando mi perfil y agradezco a todos mis docentes por la formación que me dieron”, afirmó Andrés Ricardo.
Ella
Andrés Ricardo Carvajal Castro
El lienzo yace al frente de ella y ella continúa su obra. Teñía de carboncillo el cuadro y este la teñía a ella. Se extraviaba en la obra y ella se extraviaba también. El dibujo se creaba pero no se reflejaba en sus ojos a pesar del titilar de sus lágrimas, le tomó años gestarlo pero no la complacía. Comenzó a desesperarse, asentaba cada vez más el grafito. Era un hombre lo que pintaba. De repente una leve inclinación y el lápiz manchó de más la gráfica, era un lienzo a la altura de su cuerpo y ella comenzó a destrozarlo usando el lápiz como navaja, rompió completamente la obra, sus manos ya no eran negras sino rojas, las lágrimas caían. Ella levantó el rostro porque la luz entraba por los agujeros que ella provocó. Una mano humana se materializó. De repente un rostro. De repente un cuerpo. Un ser desnudo salió de los despojos del cuadro. Ella yacía desnuda también. Solo rojos y negros en su blanca piel. Él toca su rostro, besa sus labios, palpa su cuerpo, se aman, ella sonríe, al fin después de tantos años creando su obra. Él le dice: -Debes terminar tu pintura- y se va. Ella continúa sonriendo, toma el grafito, apoya un nuevo lienzo y dice: -De acuerdo, comenzaré de nuevo.- Fuente: Oficina de Comunicación y Prensa Universidad de Pamplona |